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jueves, 30 de agosto de 2012

27 años sin el Príncipe del Toreo

El 30 de agosto de 1985, el toro “Burlero”, de Marcos Núñez, partía el corazón al diestro madrileño José Cubero “Yiyo”. En ese instante, el que fuera conocido como “Príncipe del Toreo”, entró a formar parte de la leyenda de la tauromaquia. Así narró APLAUSOS la crónica de aquella tarde.
Yiyo entró en el cartel por la vía de la sustitución, ocupando la vacante dejada por Curro Romero. La terna la completaban Antoñete y José Luis Palomar con toros de Marcos Núñez. La crónica de aquel festejo la firmó José Antonio del Moral y decía sobre la actuación del torero del barrio madrileño de Canillejas: “Estuvo muy decidido y valiente en el tercer toro de la tarde, aguantando tarascadas de un toro que tuvo mucho genio. Los buenos aficionados le aplaudieron pero el resto de la plaza no le reconoció su meritoria labor”.
“El sexto de la tarde -prosigue-, “Burlero” de nombre, fue un animal bravo, noble y muy encastado que hizo una pelea positiva yendo siempre a más. Yiyo lo cuidó muy bien en los primeros tercios, incluso pidió los cambios del tercio a la presidencia. La faena de muleta fue larga y muy intensa. Desde luego, la mejor que yo le he visto a Yiyo en toda su vida. Yiyo quería demostrar a las puertas de Madrid que había sido una enorme injusticia dejarle fuera en muchísimos carteles de distintas ferias. Y desde luego consiguió en este toro que toda la plaza le prestara atención y que todos los aficionados se pusieran de acuerdo en aplaudirlo y jalearlo a lo largo de una faena que estuvo presidida por la entrega del torero al mismo tiempo que por su serenidad y temple”.
“Las series de muletazos sobre ambas manos fueron muy largas -continúa-, incluso llegó a dar cuatro redondos seguidos ligados al de pecho sin enmendarse ni un milímetro. Se rebozó de toro en los pases de pecho que daba con deleite codilleando a propósito para que resultaran más y más ceñidos. Pienso que se pasó de faena. Su mismo padre le hacía, desde el callejón, señas evidentes de que entrara a matar. Pero Yiyo, emborrachado de su propia obra, la prosiguió hasta que el toro no tenía ya más arrancada. Entró a matar y pinchó. Y volvió a matar dejando una estocada en todo lo alto, quedando el torero por los adentros. El toro se le arrancó y aunque Yiyo trató con la muleta de desviar la embestida certera del toro, no lo logró porque los toros en esas arrancadas finales de la muerte suelen embestir a ciegas”.
“Cayó Yiyo a la arena y giró cuatro veces sobre sí mismo tratando de que el toro no volviera a recogerlo. Pero el animal lo siguió alcanzándole de lleno en el costado y propinándole una cornada mortal que le partió el corazón instantáneamente. El toro levantó a Yiyo del suelo y la impresión que nos dio a algunos es que la cornada había sido gravísima. Inmediatamente observamos los gestos de estupor de sus banderilleros. Cuando lo llevaron por el callejón hacia la enfermería nos asomamos para ver su cara y el gesto del torero era absolutamente cadavérico. Los ojos abiertos y extraviados, y el color de la tez, amarillento. Aunque pensamos que iba muerto, no queríamos creerlo”.
La crónica de Del Moral seguía así: “Corrimos hacia la enfermería y al llegar al patio de caballos, vimos cómo salían del ruedo José Luis Palomar y Antoñete, destrozados y llorando. Antoñete, principalmente, salía completamente desmadejado. No cesaba de llorar. Esta situación en los propios toreros nos hizo pensar lo peor. Pero inmediatamente corrieron las voces de que Yiyo aún no había muerto, que tenía un hálito de vida y que aún era posible salvarlo. Todos los que estábamos allí nos agarrábamos a ese rumor como un clavo ardiente. Sin embargo, algunos de los presentes tenían ya la certeza de la muerte del torero”.

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