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lunes, 14 de mayo de 2012

Los espontáneos...

Año de 1929



Muchos saltaron al ruedo y ahí quedó la aventura, pero para otros fue el principio de su profesión de matador de toros y, entre ellos, el caso más sobresaliente: el de Manuel Benítez “El Cordobés”.

¡Aquellos espontáneos!

Por Fermín González, comentarista Onda Cero Radio Salamanca

Las escuelas taurinas, que tanto se han prodigado en los últimos años, vinieron a terminar con aquellas frecuentes intervenciones en las corridas de toros de los “espontáneos” y por consiguiente de los “maletillas”.

¡Eran otros tiempos! en los cuales en el animo de cuantos muchachos soñaron con ser toreros, donde vibraba tal espíritu de aventura, tan capaces de realizar grandes hazañas, que el riesgo, lejos de ser un freno, era un incentivo. ¡Aquellos espontáneos!, cuanto leyeron y cuanto soñaron, están más en la línea de los lidiadores que se forjaron en capeas, enfrentándose con toros duros y poderosos, o saltando por las vallas de los cerrados, para dar lances a un toro bravo a la luz de la luna.

Bien están, y bienvenidas sean las escuelas de hoy, como medio de proporcionar a tantos jóvenes ilusionados con riqueza y fama los conocimientos indispensables para que su presencia en los ruedos, no sea de angustia e indefensión. - Pero no puedo olvidar al "espontáneo”-, a su gesto audaz e indisciplinado, que se sentía con los arrestos necesarios para buscar el renombre dando un salto desde el tendido a la arena, mientras desplegaba atropelladamente la muletilla que llevaba escondida.

Más de una vez se censuró esta aparición de los “espontáneos” en los ruedos y no por el gesto en sí, que, al fin y al cabo, todo lo que supone decisión y gallardía suscita admiración, sino porque aparte de ese primer acto de valor, lo demás era puro barullo e ineficacia, donde todos los subalternos intentaban sujetar al mozo y este los regateaba para ir en busca de la res y poder dar esos pases entre el griterío de la plaza, mezcla de emoción y tragedia, que no pocas veces ocurrió. No podemos ocultar, la simpatía difusa que el aguerrido torerillo despertaba cuando vencido, corría a ponerse de rodillas ante la presidencia para solicitar su perdón. Tal estampa taurina no volverá a repetirse. Entre otras cosas, porque ya no hay espontáneos, porque tampoco hay necesidad. Pero siempre atraerá más la leyenda, que la academia.

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