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sábado, 6 de agosto de 2011

Don Álvaro a La Ina en punto

 


En Los Alburejos van a tentar unas vacas de Torrestrella, la almenara del cerro de la carretera de Medina, y don Alvaro ha invitado a unos escritores, sabedor de que saborearán el rito de los estilos de la casa. Pocos ingleses habrá más ingleses que don Alvaro Domecq y Díez, cuando los recibe con su chaqueta tweed, con esa interrogación jerezana que es su corbata de seda preguntando si al Sur de la muralla de Adriano hay más señorío británico que en este Jerez que obliga. Está nubosa y en silencio la mañana cuando don Alvaro recibe con esa natural hospitalidad que Jerez ofrece como una copa de vino. Empedrados del patio de la Espléndida, aquella leyenda en forma de yegua torera con la que este señor demostró ante España que lo de caballero en plaza ha de ser entendido como la amplia plaza del mundo, de la hidalguía, de la vida. Versos de un poema del lejano colegio de los Jesuitas de Chamartín: bajo tu manto sagrado, Virgen del Recuerdo, don Alvaro sembró aquí una viña que da frutos de familia y de culto a la vieja cultura agraria andaluza. Va ahora don Alvaro con los invitados a la abierta placita de tientas, pero el viento que está moviendo los chopos lo hace entrar hacia la plaza cubierta, hangar de Concorde a la andaluza, albero bajo la luz de un arco de iglesia postconciliar, como un picadero de Viena con burladeros. Aquí lo mismo se pueden tentar cuatro eralas, hijas del 151, que escuchar una ópera. Claro que vienen los turistas, don Alvaro les va explicando que cinco mil llegaron el año pasado, para ver tanta Andalucía como contienen estos muros blancos.

Don Alvaro enseña ahora las fotografías, donde las paredes de almagra recuerdan toda una vida. Las gafas oscuras de Manolete y los pantalones de Cantinflas. Lupe Sino y Gitanillo de Triana. Linares. Y mucho Jerez. Ese Jerez del que fue alcalde, donde ahora tiene una avenida, cargo en el que lo primero que hizo fue ir a darle un sablazo al mismo Franco, a la espada de Occidente, para pagar a los funcionarios municipales, que no cobraban hacía medio año. Y es entonces, cuando, en el viejo rito, el caballero en plaza de la vida dice:

--- Señores, pues vamos a tomar una copita, que es La Ina en punto.

Se sienta en el palco de ganadero de la placita cubierta como un emperador en su trono. Todo lo sabe del campo, del caballo. Ha escrito un libro sobre el toro bravo que es un ejemplo de la noble literatura que da el caballo, la de Villalón, la de Halcón. Villalón buscaba toros con los ojos verdes y don Alvaro los halla que meten la cara y repiten la embestida. Tiene los secretos de una rara alquimia de los cerrados, entre probetas e inseminaciones. Y se conoce sus toros como estas paredes de las fotos de su vida.

--- ¿Cuál vas a echar, la del 151?

Y en el palquillo dice que esa erala, hija del 151, va a salir bronca y encastada, y que va a bregar con el caballo, pero que cuando tome las varas se va a quedar suavita de yerbas olorosas del campo de Medina. Y la vaca, para no dejar de cumplir los ritos de don Alvaro, va haciendo, como una enciclopedia, lo que el ganadero ha anunciado que haría. Ha escrito sus memorias, que mucho dirán de campos y de hombres, de dolores y de alegrías, pero apenas se da importancia ante los escritores, que a su derecha sienta cuando en el comedor, tan de castillo inglés, no hay más fantasmas que las verdades de unas habas con huevos cuajados, los mozos de comedor de librea y guante blanco. Jerez. Y cuando la comida acaba, don Alvaro está nervioso, porque quiere empezar la partida de dominó. No sabían los escritores que a pocas horas de aquel gozoso día, el dueño y señor de aquella casa, aquel gran hombre de Jerez, iba a estar librando una dura partida con otro dominó, y con el corazón por medio. Tienen la certeza, empero, de que don Alvaro, señor donde los haya, acabará ganando también esta partida. Y que el reloj de los ritos del campo andaluz que ejerce como sumo sacerdote del señorío, pronto volverá a marcar La Ina en punto.

Antonio Burgos, El Recuadro


El Mundo de Andalucía, miércoles 15 de abril de 1998

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